O la diferencia entre comerse un Donut y leer un cuento de Borges.
¿Qué es lo que nos excita? Pregunta trivial e incluso motivo de risas si se hace en plena noche alcohólica con los amigos, pero que no deja de ser un misterio. Al menos para mí.
Superada la genitalidad de la adolescencia, cuando la sola visión de un muslo o el escote de nuestra profesora de Matemáticas nos proporcionaba sueños húmedos para semanas, lo que queda es un enigma envuelto en dudas y preguntas que vamos desvelando muy poco a poco a lo largo de nuestra vida. La fotografía de un desnudo puede llevarte hacia la belleza fría de una idea filosófica, o desencadenar el vibrante paraíso de la excitación erótica. A veces, para marcar la diferencia, es suficiente con un ligero cambio en la mirada, en la forma de dejar caer las manos, en el arco que forma la espalda...

A primera vista las dos revistas parecen idénticas. Ambas tienen en su portada los típicos prototipos del icono sexual de Occidente. Las modelos parecen dispuestas y libres (insultando con su belleza irreal la existencia de millones de mujeres que, aún sabiendo que esos cuerpos no existen, sufrirán toda su vida por no tenerlos). En portada, temas similares. Preguntas sobre sexo, trabajo, poder, relaciones sociales, y alguna entrevista con alguien popular. La diferencia es que,
en el caso de PlayBoy, se supone que las fotografías tienen que excitar al público masculino. Por eso se venden, ¿cierto?
Tal vez no del todo. Al pasar la portada empiezan las primeras diferencias. Las fotografías de
Playboy son huecas, dulces, inmediatas y tan idénticas entre ellas como un Donut recién hecho. Listas para comer. Herederas de la primera fase adolescente de la sexualidad masculina. Listas para devorarse en un ataque de hambre animal e instintivo. La mirada de las modelos es vacía (¿infantil?), atontada, dispuesta para ofrecerse fácilmente. Un mordisco, beber rápidamente y pasar página. Ninguna llamada a cualquier otro órgano masculino que no sea el ojo y su conexión con la entrepierna a través del hipotálamo. Cuidado, no quiero decir que haya algo de malo en ello (aunque muchas feministas cometen el error de confundir lo que es un simple rol de fantasía con la equivalencia entre rol y esencia); que levante la nariz al que no le apetezca comerse un Donut salvajemente de vez en cuando...
Sin embargo, las fotografías de
Cosmopolitan muestran mucho más, sin enseñar casi. Porque llaman a otras zonas del cerebro, tal vez con energías tan potentes o mayores como la sed y el hambre, pero tan diferentes cómo sólo el ser humano puede crearlas. Miradas de desafío, de satisfacción, de autorrealización e independencia. Cuerpos igualmente irreales pero insinuantes en el límite entre arte y erotismo. Susurran pero no dicen nada. Como si detrás de la luz de estudio, el maquillaje y el Photoshop, se escondiese alguien fascinante por descubrir. Una desconocida, un desafío, que es mucho más que un simple Donut...
¿Por qué esas capas de misterio? ¿Qué se esconde debajo de esa pose? La diferencia neta entre unas y otras fotografías puede ser tal vez 10 cm de tela. Y sin embargo las fotografías de Cosmopolitan hacen que nos preguntemos
quién está debajo de esos cuerpos perfectos. Qué sienten, qué piensan, qué esperan, qué desean... Y aunque sepamos que no existen, nos hacen soñar durante un segundo en alguien que despierta nuestra curiosidad, como un eco que no acabamos de comprender, de varios estratos en nuestra mente, en nuestro cuerpo de repente vivo...
Como en un cuento infinito de Borges, donde el final es solo el principio de algo que nunca podrá concretarse ni terminarse. En esas miradas hay mucho más erotismo que en la más explícita fotografía anatómica de una revista “para hombres”. De forma muy torpe, Playboy intenta aproximarse a los abismos eróticos de Cosmopolitan redactando vacías entrevistas inventadas con las modelos, cuando lo único que tendría que hacer es fijarse un poco más en la materia de la que está hecho el deseo... El ser humano convirtió la necesidad de alimentarse en el arte de la gastronomía. Los ritmos básicos de nuestro hipotálamo en las variaciones Goldberg de Bach. Y nuestra necesidad de sexo en la triunfante escalera a un paraíso inesperado que el diccionario define como erotismo.
Intentad ahora explicarle a vuestras amigas que Cosmopolitan es mucho más erótica que Playboy, sin que os miren como si fuerais un asesino en serie escondido desde la infancia...