04 mayo, 2007

iPods y Peter Pan

La única diferencia entre mi vida actual y la de hace diez años es que por la mañana, en vez de ir a clase, voy a la oficina. Traje y corbata, afeitado y con responsabilidades profesionales. Reuniones y conferences call con Londres y New York, unos millones de Euros que saco de un sitio para meterlos en otro, sin siquiera llegar a olerlos. Mi jefe me da una palmadita en la espalda. Mi madre está orgullosa de mí. Para esto me esforcé. Por la noche, vaqueros y risas, alcohol y tías. No me identifico con la corbata, prefiero creer que sigo siendo el de camiseta y bermudas. Pasan los años y sigo haciendo vida de estudiante. Ahora puedo comprarme juguetes más caros que no necesito, pero no quiero compromisos que sí necesito y no quiero. Es mejor cargar mi iPod con más música con la que aislarme en el metro y mientras camino por la GranVía como si fuera un desierto.


 

Prefiero vivir en mi mundo; creer falsamente, patéticamente, que el tiempo no pasa; que soy inmortal mientras el espejo me devuelva una imagen saludable. Huyo del dolor de la pérdida refugiándome en el ruido o en fantasías. Yo y los de mi generación somos muy buenos usando la imaginación para crearnos fantasías donde habitar… para siempre. No crezco porque no me curo. Y no me curo porque no asumo el dolor, ni las despedidas, ni las pérdidas. Es más fácil no crecer, seguir esperando el fin de semana y reír con los amigos. Que para postre, son iguales o peores que yo en esto de emular a Peter Pan.

¿Pareja estable? Por favor, qué concepto más desfasado… ¿Ser padre? Pero si no sé si he dejado de ser hijo… ¿Y las tías? No me calientes la cabeza…

Déjame seguir siendo un estudiante eterno, déjame que el ruido pueda acallar mi voz interior, déjame que mi entusiasmo de niño desborde y te confunda, déjame que esta aparente alegría lo tiña todo, déjame que me acerque a las mujeres con la inconstancia de un Don Juan, porque tengo miedo. Porque tenemos miedo.

El iPod representa nuestro miedo transformado en moda y droga. En huida y placer. Sí, llevo el iPod. Sí, me ves con los auriculares blancos en el metro, soy de tu misma generación, hablo tu lenguaje sofisticado, culto y vacío; sonrío por fuera y lloro adentro. Somos iguales, nos separa apenas un metro y estoy a mil años luz de ti. Que no pare. Más de 100 millones vendidos de iPods y subiendo...

Pero chaval, si te vas a morir. A ver cuándo despertamos, gilipollas.


19 febrero, 2007

De erizos y Blogs


Los otros siempre han estado ahí. Nos cruzamos al día con cientos de personas de las que no sabemos nada. Excepto la suposición de que tienen una vida propia que, de alguna manera, es tan rica y única como la nuestra. Vivir en una gran ciudad anestesia la empatía natural con la que nacemos. La sustituimos por una percepción abstracta y distante de los demás y del mundo. Un lugar mucho mejor que el desierto para sentirse aislado. Como saber que hay millones de personas en el mundo que se mueren de hambre. Lo sabemos, pero en la trastienda de nuestra mente, emocionalmente amortiguados para que podamos convivir con ello cada vez que nos lo recuerdan en la tele o los periódicos. Tal vez porque sería insoportable ver directamente la riqueza, intensidad e infinitud de todas y cada una de las personas con las que nos cruzamos en el metro, en un cine o en la cola del supermercado.

 
El "jovial y vitalista" Schopenhauer decía que los seres humanos somos como erizos de los sentimientos. Decía que la vida es un lugar frío, en el que necesitamos a los demás para procurarnos el calor necesario para sobrevivir. Pero si nos acercamos a los demás demasiado, nos pinchamos, nos hacemos daño. Y nos pasamos la vida buscando y pinchándonos, haciéndonos daño y helándonos, retrocediendo y acercándonos de nuevo...

Como pasar la noche de un domingo en internet, perdido en una gota infinitesimal del universo de los blogs. Bucear de link en link a partir del blog de mi amigo David volvió a abrirme las puertas de lo concreto. Allí estaban abiertos los sueños y los pensamientos de los demás, de los otros, de forma concreta y palpable, al alcance de la mano, desentumeciendo la empatía.

Al final resulta que no es tan extraño que a uno le gusten rarezas como los Tres Colores de Kieslowski, escuchar Dead Can Dance o leer los libros de Alain de Botton. Nos parece raro porque ni la tele ni los periódicos hablan de ello y por lo tanto uno debe ser freaky. Pero entrando por la ventana de los blogs en el universo de los demás redescubrimos lo que ya sabíamos: que somos todos freakies, y en el fondo iguales. A uno le salta el corazón en el pecho buceando entre blogs, como si descubriéramos pequeños tesoros... la alegría y la empatía le inundan a uno al ver las almas afines, aparentemente tan transparentes, que pueblan algo tan etéreo como la red... ¿Cómo no emocionarse al descubrir a universos aún sensibles a “Fraggle Rock” o “Hierro-3”, cuando pensábamos que estábamos solos?

...cuando internet sea realmente móvil como el teléfono, y se implante en el neocortex de los recién nacidos un conexión wireless T3, bastará con mirar la pupila de alguien en el metro para acceder a su blog, a su radiografía, a su diario, a sus sueños, deseos y preferencias compartidas...

Dándonos cuenta entonces que poco o nada ha cambiado en los últimos miles de años. Que compartir las lágrimas derramadas viendo “Cosas que nunca te dije” con otros tal vez no ha hecho más tibio el frío del Universo. Que los blogs sólo han hecho más concreto lo que ya sabíamos. Que cada persona es un mundo, como tú, como yo. Que todos somos iguales en el fondo, y que nos cuesta tanto comunicarnos, evitar el frío sin hacernos daño. Pero bien vale la pena haberse perdido en un bosque de links y pensamientos cruzados, si nos vamos a la cama con la callada alegría de saber que no estamos solos.

04 julio, 2006

Solsticio de verano


Por la vereda azul,
domador
de sombrías estrellas
seguiré mi camino.

Hasta que el Universo
quepa en mi corazón.


Lorca

24 agosto, 2005

Identidad, luz y sexo.


Coincidió la visita de unos amigos míos con la Gay Parade. Nada que ver una cosa con otra. Nunca habíamos pasado por allí, así que fuimos “a ver". Fue un domingo de sol y con Madrid empapado de música. La noche anterior habíamos salido por Chueca, un barrio completo convertido es una cacofonía de ritmos house.

A diferencia de otros fines de semana más tradicionales, me llamó la atención la cantidad de sonrisas que vi. Llevaban tod@s un sonrisa colgada, pacífica, contagiosa. Se respiraba unas ganas de divertirse pegadizas, no excluyentes. Ni “malos rollos”, ni elitismos, ni exclusión alguna. Todo el mundo era bienvenido, independientemente de su orientación sexual: Algo que pasaba completamente desapercibido entre tanto júbilo, sentimiento que no sabe de sexos.



Mi amigo Fran me hizo descubrir a Juan José Millas este verano. Cada día admiro más su escritura. Él mejor que yo ha sabido plasmar aquí la miopía de una parte de la sociedad que se resiste, terca y masoquista, a dejarse vivir con alegría y que se cabrea cuando los demás intentan ser felices a su manera; recordandonos algo que ya sabemos: que el sexo es luz y alegría y renovación y vida.

La manifestación fue la autoafirmación de una identidad tantas veces odiada y no tolerada. Una liberación de tantos años, siglos, milenios, de sufrimiento y represión. El fin simbólico de una esclavitud psicológica arbitraria. Para mí, más que la reivindicación de una identidad sexual, era la manifestación del orgullo de ser uno mismo frente a la mirada de los demás. Como diría un amigo mío, una ”declaración de asertividad”.

Lo que vi en Madrid ese día no fue un ataque a la sociedad, la familia o la “moral”. Ese día vi autentica “joie de vivre”, esa certeza íntima de lo preciosa que es nuestra vida y lo maravilloso que es este instante de auténtica y honesta alegría. Mientras fuera, lejos, lo que hacían sonar con el estruendo de la rabia “los otros, los y las decentes”, eran los ecos del “Miedo a la libertad” de Fromm, pánico a tomar contacto con la experiencia siempre nueva y exultante de vivir sin miedo nuestra única vida, desde nosotros mismos y ahora mismo.

09 julio, 2005

Te vi...

...cuando ibas a coger un taxi. Yo también. Sólo quedaba uno en la parada. Llegaba tarde, como siempre, y no me di cuenta de que estabas esperándolo antes que yo. Me abalancé hacia el coche. Te quedaste quieta, sin decir nada, hasta que abriendo la puerta me di cuenta de la situación. Me disculpé apresuradamente. “Lo siento, no te había visto”. Sonreíste y dijiste con la mano que no pasaba nada. Yo no podía coger ese taxi, te lo ofrecí con un gesto, entonces te miré a los ojos.

Allí estabas tú, de nuevo. La chica que conocí en un Corte Inglés cuando tenía 16 años. La chica con quién hace 5 años compartí un café en Dublín durante 5 minutos antes de que algo urgente que no recuerdo me secuestrara. Tú, la acomodadora de un cine en el barrio latino de Paris a quien no dije nada porque iba acompañado. Te he visto en tantos lugares, y sin embargo de forma tan fugaz...

Fuiste todas y no fuiste ninguna. Una resonancia que construye el silencio, alrededor de una mirada que lo dice todo. Complicidad instantánea subrayada por una sonrisa. Tal vez una proyección mental irreal, pero vivida como isla de autenticidad. Pequeñas puertas al paraíso que nunca se cerrarán, pero que tampoco nos dejarán ir más allá...

De vez en cuando sucede. Construyes tu vida sobre fundamentos sólidos, y entonces una mirada lo cuestiona todo, lo ofrece todo. Afortunadamente, ocurre muy pocas veces...

Ni montañas de ideas, ni océanos de tiempo
Han abierto la puerta.
Camino errante,
Como una mota de polvo en el desierto.
Sólo una mirada puede hacer vibrar
La cuerda de mi laúd.

Ella cogió el taxi. La miré por última vez y pude ver que ella también me miraba. ¿Decirle algo? ¿Cómo? Se subió mientras yo corría a por el siguiente taxi, preocupado por llegar tarde. Me subí e indiqué la dirección. Al salir, intenté buscar su taxi con ella dentro. Pero ya no estaba, se había ido, de nuevo...

08 julio, 2005

Cuando éramos Reyes...

El Instituto y la Universidad, según quién lo cuente, son periodos horribles o maravillos. Para mí, están empezando a convertirse en referentes de una felicidad que ya no tengo, pero que temo estar empezando a idealizar demasiado...

Fueron tiempos gloriosos... Nos despertábamos escuchando a Mozart mientras desayunábamos soluciones al Mundo. Discutíamos si la realidad tenía sentido desde el punto de vista de la Física Cuántica, mientras Shakespeare y Neruda nos servían para hablar de nuestros amores frustrados. Teníamos el privilegio de los reyes: podíamos perder el tiempo porque creíamos íbamos a vivir para siempre. Los atardeceres eran eternos, porque en el espacio de un minuto todo podía suceder aún. Podíamos fracasar en cualquier cosa, porque todavía considerábamos que nuestro tiempo (nuestra vida) era infinito y todo estaba por hacer, cada día. Los exámenes eran tan primordiales como perderse una fiesta o un partido de baloncesto, y nada y todo tenían la máxima importancia. No compartíamos piso, o curso, o mesa en el bar. Sino que compartíamos ideas y utopías y sueños y amistad y proyectos inacabados, sobre los que vivíamos de una manera más real que en el cuarto de baño del piso por limpiar. Abríamos los ojos por las mañanas como los abre un recién nacido: siempre por primera vez. La nada desaparecía y el mundo se creaba, fresco, sin límites, de nuevo para nosotros. Descubrimos muchas cosas durante aquellos años.

Luego creces, y te pones a correr como todos los demás, y lo que creías la vida real es en realidad la abdicación de un Rey, que vende su reino por un plato de lentejas...

Me acordé anoche de una de esas cosas. Fue cenando con una amiga, matemática de profesión, que me hizo recordar con mucha intensidad uno de esos tesoros que descubrí en aquellos felices años. Y que aunque parezca sin sentido, tiene mucho que ver con lo que estoy viviendo en estos últimos meses: La belleza de las Matemáticas.

Además del alcohol, Beethoven y Kundera entre otras cosas, aquellos años me mostraron que comprender la demostración de un teorema matemático es uno de los mayores placeres a los que podía tener acceso. Solo, sentado en un rincón de la biblioteca o en el césped del Cementerio al lado del Campus. Entender un teorema nos produce una de las emociones más personales y a la vez menos humanas a las que tenemos acceso en Occidente. La sensación de estar en presencia de algo perfecto, infinito, eterno e inmutable. Una sensación casi de religiosidad íntima e intransferible. Todo se queda lejos, muy lejos, cuando la “fría belleza de esa estatua intocable” (como decía B. Russell) nos alcanza. De repente todo está claro, en su sitio. Todo está bien, completo, armónico, al alcance de los ojos de la mente. Nos pueden doler las muelas, no llegar a fin de mes, olvidar la ropa en la lavadora y habernos enfadado con un amigo. Da igual. La belleza del teorema se ha ofrecido a nosotros, nos ha dejado mirarla a los ojos. Nos ha sacado del mundo y nos ha llevado a un paraíso platónico que nada tiene que ver con lo humano y que sin embargo sabemos tan real o más que el dolor de muelas. Contemplar por un instante la fuerza de lo que es absolutamente cierto sólo puede conmovernos a un nivel tan profundo como la religión o el amor. Y al mismo tiempo, siendo tan diferente a todo lo que conocemos y vivimos...


Pero esa belleza, aun eterna y perfecta tenía, tiene, un defecto. No es “mía”. No puedo vivirla como algo que me configura y me hace real. Ver algo real no me hace más real a mí. Hay otro paraíso, otro mundo donde descubrir y comprender la verdad sí que me transforma y me hace real: Comprenderme a mí mismo.

Puede parecer un tópico, lo de “conocerse a uno mismo”, pero a medida que crecemos descubrimos que nunca dejaremos de hacerlo, y de formas que aún no comprendemos. Cuando descubres el origen de tu malestar, de tu angustia, de tu comportamiento, y comprendes, y aceptas a un nivel íntimo y sincero qué está pasando dentro de ti, la paz y la tranquilidad que obtienes sólo puede compararse a la belleza que se esconde detrás de una demostración matemática.

Con una gran diferencia. Mientras las matemáticas se quedan siempre a años-luz de tu propia realidad, ver en tu interior es un proceso que no te deja indiferente, te transforma, te mueve hacia nuevos lugares, te hace crecer y evolucionar. Y es tuyo, porque eres tú, no un teorema. Morir y renacer sin miedo a dejar de ser el que eras, porque empiezas a descubrir quién eres realmente.

Cuando hoy recuerdo los felices días de estudiante, no puedo dejar de sonreír ante mi ingenuidad. Tiempos en los que llegué a creer que simplemente con “saber y conocer” podía llegar a ese lugar que entreveía en sueños, ese paraíso que sólo la música o la ciencia o la literatura podían hacerme creer, durante un instante, que existía de verdad. Tan lejos de mi vida íntima, pero sin embargo tan aparentemente próximo.

Nuestra sociedad se basa en algo que el ser humano tiene en común: todo aquello que es cuantizable y comunicable sin ambigüedad. Todo lo que podemos contar y modelizar con la lógica y la razón para comunicarlo y almacenarlo en bases de datos. Dinero, ciencia, capitalismo y estúpidos tests de inteligencia. Se potencia y se admira a todo aquel capaz de dominar las herramientas que permiten la existencia de teléfonos móviles, Fondos de Inversión, aviones gigantes y demás cosas “útiles”. Como si no existieran otras inteligencias tan esenciales o más que las cognitivas... La manera de enfrentarse a una frustración, el modo de contemplar un amanecer o de empatizar con un amigo. Saber porqué sufrimos y dejar de hacerlo. Ser capaces de detenerse en el camino a oler una rosa, antes de que nuestros días terminen...

Porque hace tiempo deje de creer que vamos a vivir para siempre. Y la vida está sucediendo ahora, pero no por mucho tiempo...

20 junio, 2005

Playboy Vs Cosmopolitan.

O la diferencia entre comerse un Donut y leer un cuento de Borges.

¿Qué es lo que nos excita? Pregunta trivial e incluso motivo de risas si se hace en plena noche alcohólica con los amigos, pero que no deja de ser un misterio. Al menos para mí.

Superada la genitalidad de la adolescencia, cuando la sola visión de un muslo o el escote de nuestra profesora de Matemáticas nos proporcionaba sueños húmedos para semanas, lo que queda es un enigma envuelto en dudas y preguntas que vamos desvelando muy poco a poco a lo largo de nuestra vida. La fotografía de un desnudo puede llevarte hacia la belleza fría de una idea filosófica, o desencadenar el vibrante paraíso de la excitación erótica. A veces, para marcar la diferencia, es suficiente con un ligero cambio en la mirada, en la forma de dejar caer las manos, en el arco que forma la espalda...



A primera vista las dos revistas parecen idénticas. Ambas tienen en su portada los típicos prototipos del icono sexual de Occidente. Las modelos parecen dispuestas y libres (insultando con su belleza irreal la existencia de millones de mujeres que, aún sabiendo que esos cuerpos no existen, sufrirán toda su vida por no tenerlos). En portada, temas similares. Preguntas sobre sexo, trabajo, poder, relaciones sociales, y alguna entrevista con alguien popular. La diferencia es que, en el caso de PlayBoy, se supone que las fotografías tienen que excitar al público masculino. Por eso se venden, ¿cierto?

Tal vez no del todo. Al pasar la portada empiezan las primeras diferencias. Las fotografías de Playboy son huecas, dulces, inmediatas y tan idénticas entre ellas como un Donut recién hecho. Listas para comer. Herederas de la primera fase adolescente de la sexualidad masculina. Listas para devorarse en un ataque de hambre animal e instintivo. La mirada de las modelos es vacía (¿infantil?), atontada, dispuesta para ofrecerse fácilmente. Un mordisco, beber rápidamente y pasar página. Ninguna llamada a cualquier otro órgano masculino que no sea el ojo y su conexión con la entrepierna a través del hipotálamo. Cuidado, no quiero decir que haya algo de malo en ello (aunque muchas feministas cometen el error de confundir lo que es un simple rol de fantasía con la equivalencia entre rol y esencia); que levante la nariz al que no le apetezca comerse un Donut salvajemente de vez en cuando...

Sin embargo, las fotografías de Cosmopolitan muestran mucho más, sin enseñar casi. Porque llaman a otras zonas del cerebro, tal vez con energías tan potentes o mayores como la sed y el hambre, pero tan diferentes cómo sólo el ser humano puede crearlas. Miradas de desafío, de satisfacción, de autorrealización e independencia. Cuerpos igualmente irreales pero insinuantes en el límite entre arte y erotismo. Susurran pero no dicen nada. Como si detrás de la luz de estudio, el maquillaje y el Photoshop, se escondiese alguien fascinante por descubrir. Una desconocida, un desafío, que es mucho más que un simple Donut...

¿Por qué esas capas de misterio? ¿Qué se esconde debajo de esa pose? La diferencia neta entre unas y otras fotografías puede ser tal vez 10 cm de tela. Y sin embargo las fotografías de Cosmopolitan hacen que nos preguntemos quién está debajo de esos cuerpos perfectos. Qué sienten, qué piensan, qué esperan, qué desean... Y aunque sepamos que no existen, nos hacen soñar durante un segundo en alguien que despierta nuestra curiosidad, como un eco que no acabamos de comprender, de varios estratos en nuestra mente, en nuestro cuerpo de repente vivo... Como en un cuento infinito de Borges, donde el final es solo el principio de algo que nunca podrá concretarse ni terminarse. En esas miradas hay mucho más erotismo que en la más explícita fotografía anatómica de una revista “para hombres”. De forma muy torpe, Playboy intenta aproximarse a los abismos eróticos de Cosmopolitan redactando vacías entrevistas inventadas con las modelos, cuando lo único que tendría que hacer es fijarse un poco más en la materia de la que está hecho el deseo... El ser humano convirtió la necesidad de alimentarse en el arte de la gastronomía. Los ritmos básicos de nuestro hipotálamo en las variaciones Goldberg de Bach. Y nuestra necesidad de sexo en la triunfante escalera a un paraíso inesperado que el diccionario define como erotismo.

Intentad ahora explicarle a vuestras amigas que Cosmopolitan es mucho más erótica que Playboy, sin que os miren como si fuerais un asesino en serie escondido desde la infancia...

09 junio, 2005

Fumar mata.

Incluso sin ser fumador, estamos cansados de leerlo en las cajetillas de tabaco: Fumar puede matar. Fumar provoca cáncer. Fumar produce mal aliento, espanta a las novias y hace que se le caiga el pelo a tu gato, entre otras cosas...

El Estado, en su afán por conservar el bienestar de sus ciudadanos se esfuerza en darnos buenos consejos (la mayoría tan obvios que hacen reir) para que seamos más felices y pasemos por la vida sin sufrir demasiado (y sin alborotar mucho también). Beber agua cuando hace calor (¿!?). Hacer un poco de ejercicio cada día. No abusar de las grasas en la dieta. Y demás consejos originados para ajustar el balance de la Sanidad Pública más que por altruismo bientencionado.

Pero ni el Estado, ni nadie, nos alertan de los peligros de un mal comportamiento emocional, de gestionar nuestros sentimientos de formas tal vez no muy sanas... Al contrario, los sufrimientos del corazón (la parte del corazón que no trata la Sanidad en sus quirófanos, entendámonos) están bien vistos, son estéticos, quedan bien, están a la moda...


Ahí está Amaral con su depresiva y exitosa canción sobre lo dulce que es regodearse en la propia mierda del sufrimiento (Canción que por otra parte está a años luz de la profundidad y sinceridad de la película a la que hace referencia: "Leaving Las Vegas"). Ahí están esas letras de canciones que todos llevamos en nuestro background emocional, tan alejadas de la salud mental como un pederasta cuidando niños:

  • Sin ti no soy nada.
  • Everything I do, I do it for you.
  • Ne me quitte pas.
  • I will always love you.
  • ...

La lista sería interminable. Sólo hace falta encender la radio cinco minutos para darse cuenta de lo bien visto que está sufrir por amor. ¿Te deja el novio o la novia? Escribe cartas desesperadas, compra libros de poemas y DVDs con tristes hitorias de amor y revuélcate en tu propia mierda (todos lo hemos hecho, y más de una vez...). Hay belleza, honor, grandeza; todos te comprenderán y admirarán.

¿Por qué el Estado no advierte de los peligros para la salud mental de esa actitud? ¿Por qué si nos advierte que Fumar nos provoca cáncer, no escribe en la contraportada de los CDs que escuchar letras auto-fustigantes puede hacerte infeliz, llenarte de ansiedad o ayudarte a caer en una depresión? ¿Por qué somos tan permisivos con todo ese otro mundo que nos hace daño de una manera no tan evidente, pero igualmente dolorosa?

¿Cómo se puede bailar en un pub, con una sonrisa en la boca, “Leaving las Vegas” de Amaral sin escandalizarse de lo que está trasmitiendo? ¿Por qué se escandaliza la gente cuando alguien canta que Bush en un nazi pero no cuando se canta que "todo lo que hago, lo hago por ti" (O sea, me quiero tan poco que te necesito para dar sentido a mi vida, lo cual es "superguay"...)? ¿Cómo aceptamos tan fácilmente la negación de uno mismo, el sacrificio inútil por alguien que no nos quiere? ¿Tanta belleza hay en la oscuridad?

No recuerdo los kilómetros de poemas y cartas que habré escrito... Mis ex-novias se quedaron con ellos (¿a quién pertenece un poema o una carta, a quien lo ha escrito o a quien lo recibió?), así que hay repartida por el mundo mucha auto-flagelación mía también... No me arrepiento de ello. Pero hoy esa belleza no compensa el derecho de vivir plenamente este presente que es sólo mío.

No vale la pena.

O eso creemos. Hasta que volvemos a encontrar a alguien...

08 junio, 2005

Generación Hugh Grant.

Todos lo hemos visto alguna vez. En sus películas es siempre él mismo, interpretándose a sí mismo como reconoce sin pudor. Sonrisa tímida, mirada candorosa, buena persona, gracioso, listo, guapo y responsable. El chico perfecto que querrían todas las madres para sus hijas.

Pero Hugh Grant no aparece sólo en el cine. Desgraciadamente, un gran porcentaje de mi generación han sido convertidos en clónicos suyos. No es difícil darse cuenta de ello; si eres chica te toparás con ellos por todas partes. Lo encontrarás saliendo del videoclub con “Los puentes de Mádison” y “El paciente inglés” debajo del brazo. En la cola de la FNAC comprando un libro de poesía de Benedetti. En un café con los amigos discutiendo de filosofía o riendo ingeniosos chistes.


Seguro que conoces a más de uno. Es el tío que no te mira las tetas mientras hablas con él, tampoco se gira para mirar el culo de la que acaba de pasar. El cine porno le parece denigrante para el ser humano pues sexo y amor deben ir siempre juntos, y considera que, si uno se esfuerza lo suficiente, puede lograrlo todo en la vida. El respeto y la consideración hacia los demás son esenciales en su conducta. Sabes que nunca te trataría mal, sabes que te sería siempre fiel, sabes que podría hacerte feliz. Y a tus amigos y amigas, les confiesas que aún estás esperando que alguien así aparezca en tu vida para dejar atrás la colección de cabrones que te han puteado hasta ahora.

Y sin embargo, Hugh Grant está condenado a ser sólo tu amigo, porque nunca saldrías con él.

¿Qué droga nos metieron en la guardería? ¿Qué educación nos hicieron tragar en el colegio capaz de estropear a toda una generación? Tíos en sus treinta o a punto, con carrera e idiomas, amables, atentos, ni muy tontos ni muy feos, respetuosos con los demás...

...y que no se comen una rosca.

Para eso están “los otros”, los que nos dijeron en el colegio que serían unos fracasados, los que no terminaron el instituto porque querían vivir deprisa y ya, los que rozan la marginalidad y la agresividad constante, los que desafían constantemente el respeto por los demás. Da igual la tribu a la que pertenezcan, pueden vestirse de cuero y conducir una Harley o ser el rey del Tunning o un yonqui, da igual. Cuanto peor traten a las tías, más las tendrán detrás de ellos.

Y nosotros, hipnotizados por la educación recibida, seguimos sin comprender qué pasa. ¿Por qué cuando tratas amablemente a los demás no recibes lo que te prometieron en la guardería? Nos han estropeado. Nos han engañado. Hemos crecido pensando que la recompensa es proporcional al esfuerzo, y que el Bien es correspondido con el Bien. Y poco a poco vamos despertando y dándonos cuenta. Lo que hace que estemos muy cabreados...

¿Qué valores son esos que nos metieron por vía intravenosa desde que nacimos? Entre otras cosas terribles:
  • La represión de nuestra propia agresividad, de nuestros propios impulsos naturales a favor de un comportamiento de mantequilla disfrazado de bondad.
  • Nos inyectaron que la realización personal ocurre siempre en el futuro, no en el presente más inmediato (Falso: Nos pasamos la vida imaginando que cuando entremos en la Universidad seremos felices. Ya dentro, que cuando la terminemos empezaremos a vivir. Cuando terminamos, que cuando tengamos un trabajo seremos por fín libres. Cuando tenemos el trabajo, pensamos que cuando consigamos comprarnos una casa seremos por fin felices. Y así “ad nauseam”, manteniendonos siempre alejados del presente, único lugar donde es posible transmutar nuestra vida en el milagro que es).
  • Aquello de que "si uno no quiere, dos no pelean", así que sé bueno y da tu brazo a torcer siempre, y el cielo (o su sustituto inconsciente para los agnósticos) te recompensará. Una recompensa que nunca llegará.

Afortuandamente, una parte de la Generación Hugh Grant está harta, y algunas cosas están empezando a cambiar. No se trata sólo del tema de ligar más o menos, sino de algo mucho más profundo, algo que atañe a las creencias más íntimas, al guión de vida que que nos dictaron e interpretamos sin darnos cuenta, y del que estamos empezando a estar muy cansados...

¿Qué podemos hacer? ¿Por dónde empezar? Seguiremos hablando de esto...

31 mayo, 2005

Anakin y el miedo a la pérdida.

Aunque los actores parecen de madera y algunos diálogos producen vergüenza ajena, reconozco que George Lucas no me ha defraudado con esta tercera y última parte de Star Wars.

He disfrutado como un enano, sus dos horas y media se me pasaron volando. Volví a disfrutar tanto como la primera vez que vi la trilogía original. Y es que esta vez, lo que ocurre y por qué ocurre, junto al personaje de Anakin Skywalker, tienen mucho zumo para exprimir...

Lo que le ocurre a Anakin es algo a lo que todos, en más de una ocasión, tenemos que hacer frente a lo largo de nuestra vida. Se trata de la pérdida, de decir adiós. O incluso del miedo a la pérdida, de nuestra impotencia para hacer que las cosas salgan como a nosotros nos gustaría. Evidentemente, si una noche quitan tu serie favorita de TV porque hacen un especial sobre el Papa Nazinguer Z, a no ser que seas un imbécil, no vas a tirar las paredes de rabia. Pero claro, la cosa cambia cuando se trata de algo que queremos mucho, mucho mucho... Puede ser que se nos muera alguien muy cercano, que te deje el novi@, o cualquier otro tipo de pérdida.




El dolor de la pérdida es a veces insoportable. Anakin no puede soportar perder a su novia Padmé. Ya sea dejándole o que se muera, como ve en sueños. No puede soportar la idea de la pérdida, es superior a él. Sólo de pensarlo se cabrea hasta límites insospechados incluso para él mismo. Aceptará convertirse en alguien malvado sólo para evitarlo... Y luego, cuando se ha transformado en alguien con verdadera maldad en su corazón, y se da cuenta que por ello su amada dejará de quererle (lo intolerable, insoportable para él), la frustración y el dolor es tal que sólo deja espacio para la ira y el odio en su corazón, como le dijo Yoda... Es capaz de hacer cualquier cosa por huir del dolor de perderla, de no afrontar la frustración, por otra parte natural, de dejar, respetar y aceptar que los demás sean libres de irse...

¿Cuántas veces hemos estado a punto de caer en el Lado Oscuro? La manera en la que nos enfrentamos al dolor condiciona gran parte de nuestra vida... Hay que aprender a abrazar a los que vienen a nuestro encuentro, y aprender a despedirse de los que nos dejan... Ese es el secreto, y no caer en el lado Oscuro de la Fuerza: allí donde no se acepta la vida tal y como es, nos negamos vivir plenamente, y se prefiere sobrevivir apretando los dientes, esperando pasar por la vida lo más rápidamente posible sin que nos afecte demasiado, en una oscuridad de rabia, odio y frustración que sólo termina cuando de alguna forma nosotros también morimos...

Afortunadamente (y no sé por qué) hay un momento en el que algo dentro de nosotros nos hace decir basta. Un día, perder la última posibilidad de recuperar el paraiso no nos parece tan terrible e insoportable. Abandonar la última chispa de esperanza y ahogarla para siempre ya no resulta intolerable, sino liberador. De alguna forma, morimos y volvemos a nacer. Es triste siempre despedirse de alguien, en el más profundo de los sentidos, pero es algo que tenemos que aprender si de verdad amamos la vida...

Palabras del Maestro Yoda:

"Fear is the path to the Dark Side.

Fear leads to anger.

Anger leads to hate.

Hate leads to suffering."

30 mayo, 2005

What is life?

Al poco de llegar a Madrid, deambulando como un zombi después de que una dulce rubia me rompiese el corazón, me topé con un cartel en la entrada de un Hostal, en la parte antigua de la ciudad. Decía "Prohibido el cante". No sé por qué, me recordó otro cartel, en el aereopuerto de Ginebra. En francés y alemán decía: "Prohibido jugar con los carritos portamaletas".

Por primera vez en muchos días sonreí. Me di cuenta de que aún queda gente que canta, gente que juega. Gente que no pide permiso para vivir.


Esperaba de mi vuelta a Madrid un desafío profesional. Y me estoy encontrando con un gran cambio. Estoy creciendo, y todo el Universo que había construido desde la adolescencia se está desmoronando. Tal vez porque mi mundo era un mundo cognitivo, donde me sometía a los sentimientos, en vez de armonizar ambos mundos.

Ahora mismo -y aunque parezca paradójico escribiendo aquí- trato de no verbalizar demasiado, pues sólo me lleva a estúpidas construcciones teóricas, cuya belleza ya no es suficiente para que me satisfagan.

Este Blog no es más que un paso hacia mi propia sinceridad, para ayudarme a descubrirme a mí mismo y dejar que los que me conocen me ayuden también. Sin miedos, sin estrategias, sin más autoengaños. Porque como decía Fritz Perls, para vivir no se pide permiso.